Miguel: Un compañero de trabajo me llama Alfonso, a pesar de que mi nombre es Miguel. Al principio me daba corte corregirle porque era nuevo, pero ya han pasado tres meses. ¿Cómo podría decírselo sin que piense que soy un bicho raro por no decírselo antes?
XAVI: Uofff… me gusta fantasear con la idea de que eres el presidente de Movistar, que nos escribe realmente preocupado. Propongo que todos pensemos en que se diese esta situación de verdad. Me refiero a que, físicamente, sería posible, ¿no? Bueno, no sé cómo se llama el presidente de Movistar, la verdad, pero pongamos que se llama Miguel. Pongamos que se llama Miguel y encima tiene este problema tan chorra. Es bastante inverosímil la idea de que uno se ponga a trabajar en una empresa tan brutal como Movistar (y no en una posición cualquiera, sino como “compañero” del puto presidente) y no haga el mínimo esfuerzo por recordar el nombre de su jefe. ¡Pero pongamos que sí! Imaginemos que realmente existe un trabajador tan jodido que llama a su jefe con otro nombre (y un nombre de pila, ojo, ni siquiera un “señor…”). Y no se trata de un jefe cualquiera, sino que es el presidente de una corporación inmensa. Un tipo poderosísimo al que uno de sus trabajadores, de repente, decide cambiar el nombre. Aunque fuese sin querer, ya sería la vacilada más gorda a la autoridad que el pobre diablo haría en toda su vida, ¿no? Un trabajador con los cojones de acero.
Pues bien, esta situación se queda en nada cuando nos enteramos de que el presidente de Movistar, el pez gordo, uno de los tíos más ricos de España… en lugar de eliminar de un plumazo al trabajador vacilón, se arruga como una pollita cuando hace frío, se cobija tímido en su despacho, aterrorizado con la idea de quedar mal con uno de sus subordinados. ¡Y no solo eso, sino que encima escribe preocupadísimo a La Fórmula de la Coca Cola! ¡Miguel, el puto gordo rodeado de mansiones, yates y putas de lujo, podrido de millones, toma la iniciativa (completamente en serio, sin ninguna ironía) de escribir a una web de humoristas a ver si le pueden echar una mano!
Jajaja… ai, Miguel… lo que me he reído. Contestando a tu pregunta… yo qué sé, deja que te llame Alfonso hasta que descubra que no te llamas así. Tú te lo has buscado, tío. Haberte presentado mejor, me cago en diez. Joder, vaya bajón que no seas el presidente de Movistar… uf, qué pereza de repente… no quiero estar más rato aquí, la verdad. Adiós, me voy, os espero fuera. Ciao.
ESTEBAN: Bueno, maricón maricón verdulero, Miguel! No te asustes. No te achantes ahora que ya casi lo tenemos… ops… azul… OHJEJE! AQUÍ ESTÁ EL SIBARITA! Acaba de nacer un niño en mi escalera, dos pisos más arriba. He seguido todo el proceso de parto vía esta nueva app: NEIGHBOR BORN, así que de momento no tengo ni idea de qué aspecto tiene el chaval, o la madre. En la pantalla solo puedes ver pequeños emoticonos que cambian de color según el estado de dilatación, hasta que aparece una bolita azul o rosa anunciando “nueva vida”. El programa indica edificio, piso y puerta de todas las mujeres en estado que viven en tu barrio, y puedes controlar dónde están en cada momento (siempre y cuando no se alejen del perímetro que abarca tu código postal, claro). PUTAS APPS, EH MIGUEL!! Se lo están inventando todo. Entre tres o cuatro se lo están inventando pero bien. Ésta de Neighbor Born, concretamente, me tuvo un tiempo enganchado de una forma BASTANTE CULEBRA. Ahora la uso de manera relativamente sana, pero hace un par de meses llevaba un control exhaustivo de todas las vecinas preñadas. Los partos eran la única ocasión en la que me permitía masturbarme y lo llevaba fatal. La típica regla tonta autoimpuesta que te hace perder mogollón de horas del día. Descubrí el placer de sincronizar el momento preciso en el que alguien cercano da a luz, con eyHOSTIA MICKEY TÍO PERO QUÉ TE ESTOY CONTANDO!! CÓMO ME DEJAS TIRAR PARA ADELANTE CON ESTE CARRUAJE!! Lo siento, compañero. Vamos a ver el material que nos has traído.
Dices que te daba corte corregir a tu compañero porque acababa de entrar en la empresa. Me imagino que se estaría comiendo LAS NOVATADAS de su puta vida para no darle un disgustazo como el que tenías entre manos, ¿no, inútil? Le estarían haciendo el truco del culo perpendicular, como mínimo. Le petaban los granos a pelo y ponían wasabi, ¿ah? Pff… La has cagado, Miguel. Este pavo está como un marajá, llamando a todo el mundo como le sale del membrillo, y algún día te comerás un marronaco tocho de cojones por su culpa. Mírame. Es hora de dejarlo seco a lo cárcel. En algún descanso en el que lo tengas cerca, cuentas hasta diez, y venga le agarras por el cuello y lo estampas contra la máquina de cafés. Hazle un lapo-cabeza, que como puedes interpretar es escupirle en el jeto y acto seguido reventarle la napia con un cabezazo seco. Luego le dices lo que le tengas que decir. Y aire. GOODFELLAS!